Opinión

La cabeza, la cabeza…

A veces me pregunto para qué los profesores de golf se empeñan en recordarnos que es importante el grip; que con un stance más abierto o más cerrado de lo normal, no golpearemos cómodos y, por tanto, erraremos el golpe; que las caderas no deben adelantarse a las manos; que el finish es importante y no hay que cortar el golpe; que la cara del palo debe estar apuntando al objetivo; que… y así hasta el infinito.
Y me lo pregunto porque, todo eso, con ser importante, o al menos eso dicen ellos, no importa un carajo comparado con otra circunstancia: el estado mental, el coco, la chola, el melón y todas las pinzas que alberga, muchas de las cuales se van de paseo mucho más a menudo de lo que todos deseamos.
Esa, al menos, es mi propia experiencia. Porque seguramente es la cabeza, y solo la cabeza la que impide que mis golpes vayan a calle cuando el día anterior, dando bolas, todas volaban rectas y buenas. ¿Por qué, colocado en el tee del uno, mi driver se empeña en mandarme al raf de la derecha? Misterios de la mente porque la tarde anterior, de 20 golpes, 18 fueron con una dirección más que aceptable.
¿Es la hierba del tee? ¿Son las bolas que lo delimitan? ¿Los árboles que enmarcan el hoyo? ¿Los ojos de los compañeros de partido? ¿El tee, colocado más arriba o más abajo? ¿Qué es? Es… todo. Pero es que todo… está en la cabeza. Tengo un episodio personal que lo demuestra o, al menos, nos da pistas de cómo funciona el tarro.
Arranco mi partido con un tono general tirando a bueno. Voy por calle. Vale, no estoy en el centro pero me defiendo sin pisar apenas el raf. El driver funciona razonablemente, los segundos golpes me traicionan a veces quedándose cortos o fallando el green por un par de metros. Pero, boggey, doble boggey -a veces algún par para variar-, es para mí, un resultado acorde con mi juego.
Pero… llego a un hoyo magnífico. Mis pies en el tee y delante, a un par de metros, una pequeña muralla de espinos y pitas que delimitan un hermoso lago. Más allá: agua y, al fondo, un green espacioso, a 150 metros, un par de bunkers y detrás, pinos y una valla que delimita el campo. Precioso.
Para mí es un hierro cinco. Primer golpe: bola mordida… al agua. Tercer golpe: puntazo, bola a la derecha rasa, el seto. Quinto golpe: media bola, corta, al agua. Me voy. Dejo el hierro y me doy una vuelta bajo los pinos (iba solo). Pienso, pienso, ¿qué pasa? Hasta ahora estaba golpeando la bola en su sitio… Dos vueltas más. Tranquilo, me digo. No mires al agua, mira la bola, golpea con ritmo. Vuelvo. Séptimo golpe: impacto firme, en su sitio y bola al green.
No sé que grip usé; no sé si adelanté las caderas o moví la cabeza. No sé si terminé con buen finish o si mi stance era el adecuado. Solo sé que olvidé el agua, me concentré en la bola y, ¡voila!: green. Seis golpes de más, sólo por mi mala cabeza. Conclusión: un swing sin cabeza es como un pollo sin idem y cuando un profe te diga que has movido la cabeza, a lo que debe referirse es a lo que hay dentro de la chola, no a lo de fuera.
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