Opinión

Crónicas Aquileanas (VIII): La tortuga andante y su aquiles

Cuarta visita al traumatólogo, con la primera nieve incluida, que parece que por fin ha llegado el invierno, aunque bien es cierto que en mi encierro hogareño he pasado del tibio otoño madrileño a la nieve sin intermedio y sin enterarme.
Decía que hoy he visitado al cirujano que me operó justo hace dos meses. En su presencia he puesto en escena todas las habilidades que soy capaz de realizar con mi pie izquierdo, todas ellas resultado de los ejercicios que con paciencia (y cierto acojono, es cierto) he realizado a lo largo de los últimos quince días, unas veces mirando la tele y otras con mi pie a remojo en agua calentita con sal.
Su gesto ha sido de franca aprobación, mientras explicaba a la joven médico residente mi dolencia y el método quirúrgico empleado para corregir la fractura.
–          Esto está muy bien, José. Ahora vas a caminar un poco para que te vea.
–          ¿Cómo, sin muletas?, le he preguntado verdaderamente asustado.
–          No hombre, con ellas, pero apoyando el pie.
Tras unos titubeos, me arranco y me siento igualito que si fuera mi primer nieto, Jaime, dando sus primeros pasos, con cara de susto primero y con la franca sonrisa de complicidad dirigida a la concurrencia al comprobar el éxito (moderado) de la empresa.
–          Bien, muy bien, pues eso es lo que tienes que hacer, caminar movilizando la articulación del pie y de la rodilla. Más adelante te quitaremos la muleta izquierda.
–          ¿Entonces… de rehabilitación…?, le pregunto.
–          No te voy a mandar al fisio porque no lo necesitas y vas a quedar perfectamente. Ven a veme dentro de un mes.
Confieso que he luchado para que no se asomara a mis ojos una lágrima, pero he desistido, ¡que coño!, los hombres también lloran.
Ahora voy de tortuga andante, de torpe tortuga andante, es cierto, pero al cabo andante.
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