Opinión

Mañanitas de golf, tardes de solfeo

 

 

(En la imagen, amanecer desde El Garbí. Foto: Wikimedia Commons).

 

 

 

Un compañero de oficio, me refiero a esto de juntar letras con más o menos acierto y ringo rango, se quejaba el otro día de tener que madrugar para jugar al golf. Yo me pregunto: ¿hay alguna otra razón mejor para madrugar que jugar al golf?

Precisamente el martes 12 me levanté a las seis de la mañana para poder estar a las ocho en el, para mí, más hermoso campo de golf de España: La Herrería, en El Escorial. La fortuna quiso que, además de una excelente compañía, el día fuera espectacular y el campo estuviera como casi siempre: magnífico. Esa fue una hermosa mañana, madrugón incluido. Tal fue la inyección mañanera de buen ánimo que aún tuve tiempo y ganas para ir a cantar –despedíamos la temporada de ensayos del Coro de la Asociación de la Prensa de Madrid, y la presencia era irrenunciable- por la tarde.

Nadie pregunte qué tal jugué. Jugué como casi siempre, mal, a pesar del magnífico estado del campo y del torneo que organizó Altadis con la profesionalidad de siempre. Pero, ¿importa mucho la calidad del juego? Pues no demasiado, la verdad. El verdadero disfrute de este deporte para los que no somos profesionales es salir al campo en un buen día y disfrutar de la compañía, del entorno y del juego. Y si, por casualidad, lo hacemos bien, miel sobre hojuelas. ¡Ah!, a las seis de la mañana ya hay luz, para quien no lo sepa.

Yo no sé si el referido compañero plañidero llora porque madruga el hombre. No sé si el sabrá lo que es madrugar a las seis de la mañana, desayunar cereales, leche, dos huevos fritos, queso y galletas, tomar un autobús a las siete, llegar al tajo a las ocho y entrar a trabajar bajo tierra. Yo sí, y no lloré ningún día, aunque es cierto que los hubiera cambiado todos por ir a jugar al golf.

Esta semana, los aficionados madrugaremos. Unos más que otros, eso sí, y no será para jugar sino para ver jugar, que tampoco está mal si el juego es bueno. Y, a juzgar por el plantel, ha de serlo. Todos toditos los buenos estarán allí, incluyendo la barriguita de Monty quién, a sus años y a pesar del michelín, pegará la primera bola del Open tan contento a pesar de haberse levantado a las cuatro de la mañana para meterse entre pecho y espalda un desayuno inglés, tal vez más inglés que el mes pasado –ustedes ya me entienden- con beans, porridge, ¿riñones? tostadas y te, un suponer, claro.

Así que… ya lo ven, los buenos, los que saben, madrugan. Nosotros, los malos, los aficionadillos, también. Es cierto que algunos, protestan y se cuestionan si el placer de jugar al golf merece el susto mañanero del reloj. Yo soy de los que piensan que sí. De cualquier forma, tarde o temprano, el golf me hace disfrutar, ¿a ustedes no? ¡Qué lástima!

 

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