Opinión

“La dieta de los gases de efecto invernadero”.


Ojeo, sin mucho entusiasmo, el suplemento de medio ambiente de un diario de tirada nacional. Un artículo llama mi atención: “La dieta de los gases de efecto invernadero”. Leo la firma: Julie Ferry (The Guardian).
Atraído por el título y su procedencia, comienzo su lectura esperando encontrar recomendaciones acerca de los alimentos cuya digestión produce mayor o menor flatulencia, es decir, un estudio acerca de la clasificación de los alimentos con respecto a la producción de gas metano inducido en el intestino de los consumidores, gas que inexorablemente en un momento u otro será emitido a la atmósfera, bien en público o en privado, ora en silencio, ora de modo ruidoso.
¡Que caramba!, después de todo uno en su inconsciencia no sabe si al ingerir un plato de judías del Barco o unos judiones de La Granja o unas fabes con almejas, está aportando sin saberlo ni quererlo, un aumento del calentamiento global por pequeño que este sea, que no sólo el CO2 es el gas proscrito.
¿Va a resultar ahora que la tan ensalzada bondad de la dieta mediterránea entra en conflicto con la preservación del medio ambiente?.
¿Deberemos afear la conducta de nuestro vecino de mesa por pedir en el restaurante un cocido completo?.
¿Increparemos en el mercado a los que, despreciando el convenio de Kyoto, adquieran acelgas, o lentejas, o judías de Tolosa?.
¿Tildaremos de bárbaros a los clientes de los restaurantes vegetarianos?.
Leo ávidamente, pero no, la cosa va de la medición de la distancia recorrida por los alimentos desde su lugar de producción hasta nuestras despensas y, por tanto, la emisión del gas maldito (por otro lado el gas de la vida) que conllevan todas y cada una de las operaciones que sufre cada producto hasta ser puesto a nuestro alcance en el supermercado.
Reconozco que ser crítico con los apóstoles del cambio climático no está de moda, pero alguien tendrá que poner cierta cordura en todo este lío en lugar de dedicarse a llenarnos de contradicciones, zozobra y complejo de culpabilidad, o bien que en caso contrario investiguen, para tranquilizarnos, la contribución de nuestras ventosidades al efecto invernadero.
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