Opinión

GOLF: ¿un deporte de CABALLEROS?

Dos amigos juegan una partida de golf en modalidad match-play. Han terminado el green del 17 empatados y salen a jugar el hoyo 18 “all square”.
El jugador A golpea su bola enviándola al centro de la calle. Por el contrario el jugador B la lanza al espeso “rough” de la derecha. Al poco tiempo del comienzo de la búsqueda de la bolita (trabajo para el que el reglamento destina un máximo de 5 minutos) el jugador A divisa la bola del jugador B, en un lugar algo alejado del punto en que estimaron su posible situación desde el tee.
La tentación es fuerte ya que si la bola no aparece el jugador B deberá volver el “tee” y poner en juego otra bola, de tal manera que su siguiente golpe sería el cuarto, con lo que A tendría la partida prácticamente ganada. Todavía es más fuerte la tentación cuando piensa que quizás B no se comportaría en su lugar de la misma manera.
El jugador A tiene tres opciones:
1) Indicar a B dónde está la bola y pelear noblemente hasta el final.
2) Dar vueltas no demasiado cerca de la zona, con la cabeza baja, simulando buscar la bola, sin decir ni pío, siendo consciente de que pronto pasarán los 5 minutos y la victoria caerá probablemente de su lado.
3) En un descuido de B echar más pajitas encima de la bola para hacer imposible su visión.
Yo, que juego a ese deporte desde hace unos cuantos años, siempre he tomado la decisión denominada 1. Puedo presumir de conocer un buen número de personas a las que les encanta jugar conmigo y no solo por lo experto que soy en búsqueda de bola…. “ajena”, aclaro.
Ocasionalmente he jugado con golfistas que, me consta, habrían tomado la opción 2. Procuro evitarlos, pero no siempre puedo.
Pero nunca he jugado una partida con un jugador capaz de tomar la resolución que he llamado 3, aunque se que existen.
Aún cabría una cuarta opción cuya sola mención me produce escalofríos. Pongamos que en la partida va C, un tercer amigo que va haciendo de árbitro al tiempo que juega. Imaginen que el jugador A le pide al jugador C que tome la bola de B y se la meta en el bolsillo. Imaginen que C accede. Brutal, ¿verdad?
Pues estén seguros de que existen personas que se comportan en su vida ordinaria de una manera similar a esta última descrita y que, puestos en esta tesitura en un campo de golf, no dudarían en asociarse para cometer esa tropelía.
Creo sinceramente que en los últimos tempos se han incorporado al golf multitud de individuos para los que el deporte de los 14 palos ha sido su debut en el mundo deportivo, gentes que nunca han competido, ni individual ni colectivamente, pero que proceden de un mundo en el que las reglas del juego son que todo vale para alcanzar el éxito. Y no me estoy refiriendo solo a los “emboscados”, que también, sino a los caimanes que pueblan el rough de nuestros campos.
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