Opinión

De raf en raf: p’a una vez que…

El golf, las mujeres y la mesa son capaces de darnos los mayores disgustos pero también las mayores satisfacciones. ¿Quién no ha tenido alguna indigestión alguna vez? La mía fue de calamares en su tinta, así que lo tuve muy negro durante cuatro años. Afortunadamente, la aversión a los cefalópodos de luto se me ha pasado y vuelvo a disfrutar con su característico sabor.
¿A algún afortunado mortal no le han dado un disgusto las chicas? ¿A que sí? A nosotros, hombretones de pelo en pecho, también se nos saltan las lágrimas cuando la princesa de nuestros sueños nos ignora o, después de no haberlo hecho, nos manda a paseo. Pero, en ambos casos: con los primos de los pulpos y las primas de las brujas, esto es, las hechiceras, también hemos pasado muy, pero que muy buenos ratos.
Y aquí es donde quería yo llegar porque, eso mismo pasa con el golf. Este puñetero y delicioso deporte es capaz de maltratarnos como si de un ama de disciplina inglesa se tratase o, en caso contrario, es capaz de elevarnos al mismísimo séptimo cielo, caso de que alguno de los otros seis existan. Aunque, para ser realistas y sinceros con nosotros mismos hemos de reconocer que este último caso es más bien raro.
Pero, igual que en aquel chiste en el que un tipo se queda en una isla con la Schiffer y, finalmente, la pide que se disfrace de hombre para poder contarle a algún colega que llevaba seis meses beneficiándose de la dulce compañía de la alemana, el golf, es un redomado golfo cuando nos concede, como al náufrago, un momento de gloria y no hay nadie a quién contárselo.
Es el caso. Jugaba yo, hace un par de veranos, en Quinta da Marinha, campo que seguramente algunos conoceréis. Allí jugaba Don Juan de Borbón mientras residió en Estoril. Pues bien, salí temprano y, ¡oh milagro!, nadie en el tee de uno. El starter, me colocó el rollo de su pasado como caddy del egregio personaje y… yo el dí al driver y arranqué.
Jugué como siempre, esto es, tirando a mal con algún que otro golpe. Pero, he aquí que, en el siete, salí, como casi siempre, al raf de la derecha. La saqué con un hierro ocho y la bola quedó en calle. Tenía un golpe corto a green pero detrás había una pronunciado bajada hacia un seto. Delante un bunker: si te pasas, malo, si no llegas, malo. Así que, por una vez, pensé: … y si la tiras por la izquierda, la botas en esa lomita para que ruede a green. Pensé.
Segundos más tarde, empuñé el nueve y dí tres cuartos de golpe. La bola se elevó, bajó, botó mansa en el lado derecho de la loma, rodó loma abajo, entró en el green, rodó, rodó… y se paró a escasos quince centímetros del hoyo. Yo aún tenía el nueve en alto. Estaba fascinado. Cuando la bola paró, miré en derredor: ¡¡nadie!! Maldita sea. Nadie en ninguna de las casas; nadie en la calle, nadie en el green, nadie en el tee anterior ni en el posterior, ¡¡nadie!!
¡Aquel green era mi isla y aquel golpe mi Schiffer y nadie me había visto! Das un único golpe de pró en la vida y tu único consuelo es contarlo en el 19. Si yo hubiera sido italiano hubiera dicho: ¡Porca miseria! Dije algo mucho peor. Todos lo entendéis.  
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