Opinión

La España de los cobardes

 

 

Los silbidos y los insultos a la Constitución Española, al Rey de España y al Himno Nacional no son malos de suyo. Hasta un juez -de no se sabe que ralea- se ha atrevido a calificarlos como una «forma de libertad de expresión», o algo parecido.

Lo peor del asunto es que se repite año tras año -¡y van…!- mientras las autoridades deportivas, las organizaciones oficiales, los partidos políticos en la oposición -al margen de los que están a favor de la disgregación de España para convertirla en la exYugoslavia- y el Gobierno de la Nación, no han tomado ninguna medida contra el atropello que reciben personas e instituciones y que se sabe a ciencia cierta que, el próximo año -si España no es para entonces Expaña- volverá a suceder.

No hacer nada, esconder la cabeza debajo del ala ante cualquier problema, es de cobardes. Y una cobardía permanente es la que planea sobre las instituciones deportivo-políticas españolas.

Ningún responsable, ha tomado una sola medida para evitar este tipo de actos. Las que sean, con arreglo a la ley… y al sentido común. Ni sanciones económicas, ni deportivas… ni siquiera una frase que pueda suponer una amenaza… «porque se enfadarían los independentistas». ¡Ay señor, señor!

Todos, desde el jefe del Gobierno, hasta el último director general, pasando por los responsables políticos del fútbol español, han callado como muertos vivientes. Igual que Ángel María Villar, otro zombie que acaba de ser reelegido como presidente de la Federación Española de Fútbol, después de ¡¡¡29 años en el sillón!!! cargados de sospechas por todas partes, menos por una, que es la que une a las Federaciones Deportivas con la, afortunadamente, pasada Dictadura.

La democracia no ha llegado a las organizaciones que rigen el deporte en España, y así nos va, con campeones en muchas actividades en las que no hay prácticamente infraestructura -badmington, patinaje sobre hielo, golf…- y en los que los españoles tenemos representantes con categoría mundial, gracias al esfuerzo de unos pocos, ante la indiferencia, y en algunos casos, el olvido, de muchos.

GONZALO FERNÁNDEZ CASTAÑO

Gonzalo Fernández Castaño es el único deportista profesional que ha salido al paso, al menos hasta el momento de escribir estas líneas, el domingo 28 de mayo, de las ofensas que miles de personas hicieron a la Constitución Española, al Rey de España y al Himno Nacional, en la final de la Copa del Rey de Fútbol.

«Vosotros pitais nuestro himno una vez al año. Yo utilizo vuestra bandera de felpudo a diario». escribió el golfista, que reside en Miami desde hace años, en su cuenta de Twitter, sobre la imagen de una estelada sirviendo de felpudo ante la puerta de una casa.

Puede ser una forma de protesta que a unos les gustará y a otros no, pero al menos, el madrileño ha tenido la valentía de contestar al ataque permanente de los independentistas que pretenden disgregar un país, aunque su fuerza no sea mayoritaria en las zonas en las que residen.

Pero ante tantas voces que animan a los independentistas a desobedecer las leyes españolas cuando les conviene, muy pocas se alzan en contra del atropello diario del independentismo catalán. Por eso, que Gonzalo Fernández Castaño levante la voz para contestar, aunque sea de manera individual, a un desafío ante el que tanta gente hace el avestruz, es digno de señalar.

En un alarde de hipocresía, el propio presidente de la Generalidad pedía el amparo de la ley para la «libertad de expresión» a todos los que nos insultan, mientras que los que llevan una bandera española no pueden pasearla por las Ramblas, ni entrar con ella en el Camp Nou.

Si en efecto los independentistas catalanes suman el cincuenta por ciento de la población en Cataluña, ¿por qué solo se oye a esa mitad, mientras la otra permanece silenciada. Cobardía, una vez más, de las instituciones españolas, políticas y deportivas, en este caso.

POST SCRIPTUM

Dicen algunos cronistas que «el aspecto por zonas desangelado que se vio en la zona de tribuna del Calderón fue la nota negativa de la final de Copa». Y precisamente fue lo único positivo, la ausencia de los verdaderos aficionados al fútbol, y el rechazo de los seguidores del Atlético de Madrid a los directivos del equipo, por haber cedido el Vicente Calderón para que los energúmenos que chillaban al Rey, a la bandera española y al himno nacional, exhibieran sus símbolos, sagrados para ellos, mientras se mofaban de los que son sagrados, igualmente, para la inmensa mayoría de los españoles.

Los directivos del Atlético de Madrid tendrán que asumir la deshonra con la que han despedido a un estadio histórico como el Vicente Calderón.

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