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Romance del Tigre de madera (I)

ROMANCE DEL TIGRE DE MADERA (I)
Era el Tigre de Florida
por sus hazañas temido,
no había golfista en el mundo
que le quisiera enemigo.
Desde Augusta hasta Pekín
y de St Andrews a Vigo,
todos temblaban de miedo
al verlo tan aguerrido.
Al entrar al tee del uno
ya se daban por vencidos
y sabían de antemano
que nadie había conseguido
derrotar a ser tan bueno,
en lo humano y lo divino.
Los niños, en su candor,
adoraban al felino
y los padres, embobados
como ejemplo le han tenido.
Pero un día de noviembre,
veintisiete por mal sino,
el ídolo se derrumba
en medio del desatino.
Descalzo y en plena noche
por su mujer perseguido,
el Tigre busca escaparse
huyendo despavorido.
Con un hierro cinco dicen,
o un siete, que es más preciso,
doña Elin, la gran burlada
revancha tomarse quiso.
En su precipitación
el Tigre tomó el olivo,
que no era burladero,
sino finca de un vecino.
Mas dura fue la caída
y en el hospital amigo
le restañaron con puntos
de sutura, por supuesto,
no del stableford mismo.
Más bogeys que birdies hubo
en la cara del herido
pero a las pocas jornadas
era el Tigre redivivo,
ya no de ébano puro
sino de madera pino.
Aquí no acaba la historia
sino que empieza el peligro
y aquel ser tan especial,
tan rico y tan buen marido,
se convierte en un bellaco,
en un gran desconocido.
Ni sus amigos entienden
ese cambio producido:
el esposo Mr. Jeckyll
en Mr Hyde convertido,
con las cartas boca arriba
ahora hemos conocido
al tigre que no rugía
mujeriego y atrevido,
otro hombre diferente,
jugador y desprendido
que se dejaba los cuartos
en los bares y casinos.
no eran bienes gananciales,
según luego hemos sabido,
pero al fín dineros eran
que salían del mismo sitio:
los greenes y los anuncios
y de los torneos, los fijos.
¿De dónde sacaba el tiempo
tan popular y tan visto
para compartir gimnasio,
golf, amigas y buen tinto?
Algún día lo sabremos,
Si el tigre vuelve al recinto
porque hasta su entrenador
cree que es difícil seguirlo,
tanto como a Bin Laden,
también desaparecido.
Ya son muchas las jornadas
que lleva el Tigre perdido.
Y como el mal está hecho,
si es un mal lo acontecido,
-que ahora ya no se sabe
si el mal y el bien son distintos-
esconderse como un ave
tiene muy poco sentido.
Salga el Tigre de la jaula
y cuente lo sucedido.
No hay mal que por bien no venga
y el público, agradecido,
sabrá perdonar las faltas
que el personaje ha tenido:
los hombres porque son hombres;
las mujeres, por instinto
de conservación primero,
por interés lo segundo.
Aquí sí acaba la historia
aunque con punto y seguido
que Tiger debe volver
a pagar con pajaritos
todo el daño que le ha hecho
a su mujer, a sus hijos
y, además, al medio mundo
que ama al deporte del golf
más que se ama a sí mismo.
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