Opinión

¡¡Qué vergüenza!!

“Iba yo a por unas bolas…”. ¿Quién no recuerda a Umbral? El iba a por el pan, un pan simbólico en el que cabía la vida española del momento. Un pan amasado con talento y su poca de mala leche, siempre con la mano izquierda, por supuesto.
No intento yo presumir aquí, parafraseando al maestro, ni de talento ni de amasar nada. Además, yo, en esto del golf, soy del montón, o sea, mi mano diestra es la que maneja. Así que nada que ver… Pero, este principio me sirve para denunciar la mala leche de algunos practicantes. Y en eso, sí que me gusta arrimarme al swing umbraliano.
Resulta ser que, en mi ambición por reducir el hándicap y ausentarme cada día más del raf, me ha dado por practicar. Y en eso estaba, practicando, cuando se me terminaron las bolas. Arrimé el palo que tenía en la mano a una columna, junto a mi bolsa, agarré mi cestito y me fue al dispensador.
De regreso a la alfombra, vaya usted a saber por qué, decidí cambiar de palo. Me dije: “voy a aprochar”. Y empuñé el wech. No fue mal la cosa, así que cambié al sand y luego al nueve para ir más largo. A todo esto, se me terminaron las bolas y las ganas de seguir triunfando. En la alfombra es fácil.
Así que, recogí la herramienta y me fui el putting green. Hasta aquí todo muy normal. Después de patear un rato, cargué mi bolsa y me largué de allí porque en mi interior ya sonaba el toque de fajina. Pero, de pronto, ¡¡horror!! Me faltaba el híbrido. En la bolsa sólo estaba la funda. Volví raudo a la alfombra y a la columna compañera pero allí solo había eso, columna. Pregunté al profesor que estaba en la instalación: “por mi experiencia, me dijo, estos palos universales, los que sirven a todo el mundo, no suelen aparecer”.
Y yo que pensaba que éste era un deporte de caballeros. Pero, para mi desconsuelo, alguno de los golfistas, ¿golfos sería mejor? que practicaban a mi lado, no lo era. Pregunté, en un último intento, en el cuarto de palos. Nada.
Ya veis, queridos colegas de este maravilloso deporte llamado golf. Aquí también se nos han colado los sinvergüenzas que, un día sí y otro también, vemos en todos los ámbitos de la vida española. ¿Merece la pena mancharse las manos por un palo de golf? Yo creo que no, pero, a las pruebas me remito, hay gente que sí lo cree.
Hasta ahora, yo creía que los híbridos estaban limitados a los coches, a los cereales y a los palos de golf. Se ve que no. También entre los humanos los hay. Son una mezcla de golfista, ratero y miserable. ¡Qué vergüenza!
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