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ROMANCE DEL PISCHA: ‘El triunfo del último caddy’

  
 

ROMANCE DEL PISCHA: “EL ÚLTIMO CADDIE”
Es Jiménez y andaluz,
no es Curro, ni bandolero,
que se llama Miguel Ángel
como el arcángel eterno,
como el pintor de capillas,
genio del Renacimiento.
Es un buen embajador
que va por el mundo entero
derrochando su alegría,
jugando al golf con esmero
y poniendo a Andalucía,
en un arranque torero,
en medio del redondel
de este mundo traicionero.
Para que lo sepan todos:
Andalucía, lo primero.
Y allí, en el campo andaluz,
no en trabajo de labriego,
sino de caddy andador
y de niño compañero
de algún que otro jugador,
se ganaba un buen dinero
para ayudar en su casa
y pagar así al tendero
cuyas viandas se venían
derechas al tragadero.
Claro que, en aquellos tiempos,
les daban por el trasero
a los que eran de diestras,
que Miguel, de izquierdas
y, de por vida, rojero,
ha ido siempre por el orbe
y sin mirar al talego,
diciendo con voz altiva:
“El equipo que yo quiero
tiene bandera escarlata
y herramientas de por medio.
Aunque ahora el rojo,
el color que yo prefiero,
es el grana de Ferrari
que hace juego con mi pelo”.
El mecánico le llaman
los del Circuito Europeo
porque le gustan los coches
más que el mar a un bucanero.
Pero cuando está en España,
los coches son lo de menos
porque el Pischa de Churriana,
como le llaman sus deudos
desde que era pequeño,
no ha cambiado el modelo
de persona, ni de pueblo.
Sigue siendo el que antes era,
aunque ya se piensa abuelo
porque a los cuarenta y seis,
en el golf estás añejo.
Igual que los buenos vinos
el Pischa en todo momento
sigue teniendo el aroma,
el sabor de los rockeros
que ganan con su talento
a los que, por su edad,
le sacan cuarenta metros.
Porque cuando llega al green
y hay que medir el terreno,
los rivales se acojonan
y el Pischa la mete dentro.
Un nuevo triunfo del diablo
que sabe más por ser “viejo”,
que la experiencia es un grado
que se gana con el tiempo.
La segunda juventud
que llegó con Ángel nuevo,
la rosa roja fragante
que inunda los cuatro vientos,
le va a llevar a la Ryder
para ganar ese cetro
que ni los americanos
podrán jamás retenerlo.
En Dubai jugó el Omega
y fue a ganarlo en febrero,
y en los calores de julio
se metió a París entero
en el bolsillo derecho,
aunque él tiene el izquierdo
más lleno de sentimientos.
Lo siento mucho por Cañi
Alejandro, más modesto,
pero que ahí lo tenemos:
y cada vez más dispuesto
para aprender a nadar
y conquistar un torneo.
Fueron dos los españoles
que en París, en un momento,
ganaron a los franceses
con sus golpes y su esfuerzo.
Era el campo que pretende
la Ryder de nuestros sueños,
la del dos mil dieciocho,
la que nosotros queremos
y que, en liza con los galos,
por tenerla lucharemos.
Por lo pronto hemos ganado
en aquel que es su terreno.
Si lo hacemos en el nuestro,
la Ryder será un buen premio.
Siempre quedará París,
y con el triunfo señero
de este Pisha malagueño,
más el triunfo de Nadal
y con el Mundial en sueños,
afrontaremos la crisis
con los mejores deseos:
la alegría de vivir,
el vino, el puro y el cielo
le han abierto las puertas
a este golfista pionero
que empezó siendo caddy
y sigue en el candelero.
¡Y que sea por mucho tiempo.
Que nosotros lo veremos!
Solo me queda poner
a Miguel Ángel un pero:
no me gusta que en los campos
donde juegas el dinero,
el prestigio y los talentos,
aparezcas con el puro
que quita valor al mérito
logrado en tantas victorias
que son fruto de tu esfuerzo.
Es verdad que ya no vas
fumando durante el juego,
pero debías esperar
a encender tu veguero
al final del campeonato,
donde haya un cenicero
en un lugar acotado
de amigos y compañeros
a los que puedas ahumar
sin que protesten por ello,
donde no puedan los niños
mirar tan malos ejemplos.
 (La foto de Miguel Ángel Jiménez es de Luis Corralo)
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