Rimas

ROMANCE A RORY MCILROY: LE LLAMABAN ROCIÍTO

Rory McIlroy, el brillante ganador del US Open y el nuevo ídolo de la afición mundial, nació en un pueblecito cerca de Belfast, llamado Hollywood. De allí, de manera obligada, tenía que nacer una estrella. Rory tiene 22 años y aprendió a jugar al golf en el club de su pueblo. Un club, el de Hollywood, que según uno de sus responsables, “en el que hay que ser cojo para jugar, de tantos desniveles como tiene el campo, en el que siempre hay que jugar con un pie por encima del otro”.
Así las cosas, Rory, al que los componentes de la llamada “Armada Española” rebautizaron, al comienzo de su carrera en el Tour Europeo y de forma cariñosa, como “Rocíito” por su parecido con Rocío Carrasco (Jurado) Mohedano,  está hoy en la cresta de la ola y descansa de cara al Open Británico (14-17 julio), en el Royal St. George’s, en Sandwich, en el sureste de Inglaterra. Para entonces sabremos si se trata de una estrella fulgurante y fugaz, o de una luz que se va a mantener permanentemente encendida sobre los golfistas de todo el mundo.
Son suficientes motivos para que Basilio Rogado le dedique uno de sus romances:
I
Y le llamaban Rociíto
los de la Armada Española,
ahora le dicen don Rory
pues es nombre que más mola.
Le conocían por sus rizos
y su rostro de amapola,
pero el chaval escondía,
tras su carita manola,
todo el talento del mundo
encerradito en su chola.
En Hollywood ha nacido
una estrella con vitola,
no es un puro, ni un artista
pero tiene la aureola
del triunfador aguerrido
que espera a porta gayola,
a que salga su enemigo,
aunque sea de golf la bola
y no un torazo cornudo.
II
Esconde bajo la gorra
el su pelo de escarola;
ahora lleva menos rizos,
pero ni la vil Dalola,
que era hermana de Dalila,
y no trabajaba sola,
pudo con este Sansón
que se recortó los pelos
sin decir una parola.
No tiene un pelo de tonto
y la lengua la controla,
barbilampiña la cara
que parece una acerola,
camina con paso firme,
bien estirada la gola.
Sus andares no son finos
pero aunque no haga cabriolas
cuando llega al tee del uno,
todo el mundo le hace la ola
III
No solo los convecinos
de un Hollywod, que no es trola,
aunque no sea el de Brad Pitt,
sino un pueblo de la costa
en ese Norte de Irlanda
donde, y no es de carambola,
suenan tanto los golfistas,
como discos en gramola.
Allí los niños que juegan,
no se saltan a pidóla,
-sí, con acento en la ó,
que así rima hasta con cola-,
y en lugar de al escondite,
no al del inglés, con pistola,
van a la cancha del golf
y se hinchan a dar bolas,
porque los triunfos en Grandes
no los sirven en charola.
IV
¿Será el sucesor de Tiger
el hijo de la señora
que de pequeño en la cancha
no dejaba de dar bolas?
Es pronto para decirlo,
pero lo que se avizora
no parece dejar dudas.
Entrarán en la perola
muchos más torneos pequeños
con los “Majors” a la cola
en espera de que Rory,
don Rory, con su vitola,
consiga hacernos vibrar
cuando le pegue a la bola
para dejarla a dos metros
del green en la banderola.
Estrambote
Lástima que por aquí,
no sea bandera española
la que ondee en las victorias
que nunca vinieron solas.
Aunque nos queda el consuelo,
del pajarito sin cola.
Y si queremos triunfar,

lo de “mamola, mamola”

tendremos que recitar,
y hacer una carambola,
pues tendremos que jugar
con una videoconsola.
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