Opinión

Un abrazo cruel y sentimental

El golf es un deporte a prueba de ignorantes. Cruel y sentimental, como la vida misma y antiguo como la más vieja actividad física que se conoce, al margen de los juegos de cama.

Igual que es común, y casi obligado, incluir al fútbol en cualquier conversación de sobremesa, antes especialmente entre hombre y, ahora, con los nuevos tiempos, también entre mujeres, hablar de golf es como referirse a un tema de otra galaxia. Nadie sabe, nadie contesta, pero siempre hay un contertulio listo en cada grupo que tiene respuestas concretas para la ocasión:

-Ese es un deporte para ricos y ociosos.

Habló Blas, punto redondo.

 No llega a 300.000 los jugadores de golf que hay en España. Hace unos años se superaba la cifra; ahora cada vez somos menos… y bajando. La culpa se puede repartir entre todos los que participamos en este deporte, desde los federativos a los periodistas, pasando por los propios practicantes, pero está claro que uno de los problemas graves del golf es lo que se llama “mala prensa”.

Y lo curioso es que, en este caso, el golf no existe para los medios de comunicación: no hay ninguna referencia a los galardones obtenidos por los profesionales españoles en los medios generalistas; solo si hay un nacional que gana un Grande aparece una noticia en un informativo de televisión. Se dio el siguiente caso en un Telediario: la noticia que cerraba la información deportiva, un domingo en el que Jon Rahm ganó un torneo en el PGA Tour, fue que un cocodrilo se paseaba a sus anchas por un campo de golf: “cuidado con el golf” parecía ser la consigna final.

La comunicación en el golf es tan contradictoria como su encaje en la sociedad española: ya no quedan revistas de papel especializadas y las webs de golf, numerosas, malviven sin apenas publicidad; sin embargo, el golf es el único deporte que tiene un canal dedicado exclusivamente a él. Pueden decirme que hay muchos canales de fútbol, sí; pero todos dedicados a las transmisiones de partidos, ninguno exclusivo de fútbol; ni siquiera los de los grandes clubes que incluyen otros contenidos a lo largo de su programación. Claro que el canal de golf es de pago y exclusivo para unos pocos, lo que aumenta el rencor hacia esos “pocos” que se permiten el lujo de pagar por un canal para ellos solos.

Entonces, si el golf apenas tiene difusión en España, ¿cómo puede ser que su práctica esté tan mal vista por un gran número de españoles? Hay quien se atreve a hablar de un deporte de ricos y ociosos, cuando un elevado número de federados, que no me atrevería a cuantificar, y ni siquiera me fiaría de Tezanos, son de clase media y, especialmente jubilados, que son los verdaderos “millonarios de tiempo” que llenan los escasos campos de golf que hay en España. Y hago una excepción de Andalucía, donde los turistas vienen a jugar en la Costa del Sol, y otras adyacentes, para disfrutar de un turismo que deja puestos de trabajo y dinero. pero que están presentes en todas las reuniones en los que algún golfista pretende sacar a la luz su deporte favorito.

Ignorancia se llama la respuesta. Hay quien tiene la mala costumbre de hablar de lo que desconoce y el golf es un gran desconocido. El golf es como la vida misma: cruel, emocionante y sentimental. Y el que lo practica lo sabe, y el que no tiene ni idea y habla, se equivoca. En un mundo en el que casi todo es adicción y el daño que hace el veneno depende de la dosis, cuando el golf entra en tu vida, no lo puedes dejar nunca, afortunadamente.

Y vuelvo al principio: el golf es cruel y sentimental, como la vida misma y, sin ir más lejos, The Open, recién finalizado, nos ha dejado dos pruebas de lo que digo: nada más cruel que el comienzo de Rory McIlroy, en un Grande, en su propia casa, y ante de paisanos y demás fans, que le recibieron con una ovación inigualable y la esperanza de verle luchar por un título, lo que observaron, tras el primer golpe, fue que su bola se había ido fuera de límites. Después del aplauso, el silencio comprensivo y fraterno, la angustia del público entregado que asistió al cuadruple bogey (8) que firmó el norirlandés en su tarjeta y que acompañó durante más de cuatro horas esa jornada, y otras cuatro la siguiente, a un deportista abatido, consternado, decaído, triste… que supo aguantar dos jornadas sabiendo que había perdido su oportunidad en este Open 2019 que se celebraba en su casa y que ya no tendrá ocasión de repetir.

Algo parecido, aunque salvando las distancias le ocurrió a Jon Rahm, que en su primer golpe de la cuarta jornada, cuando con -7 tenía posibilidades, sino de ganar, de acabar en el top cinco, mandó la bola al bunker y no pudo sacarle a la primera en su intento de segundo golpe. Un doble bogey en la tarjeta… y con toda una jornada por delante. Pero el español supo aguantar el tirón y acabó undécimo. ¡Hay que tenerlos bien puestos!

De los sentimientos es ahora, cuando toca hablar. ¿En qué deporte se abrazan los dos jugadores que finalizaron primero y segundo, Shane Lowry y Tommy Fletwood, con tanta verdad como la que quedó reflejada en las televisiones de millones de espectadores de todo el mundo? Nada que ver con el abrazo de Vergara, ni con los obligados apretujones que se dan los boxeadores exhaustos al final de un combate, ni con los “apretones” de manos que se intercambian ahora los futbolistas y demás practicantes de deportes al uso.

Cruel y sentimental; desconocido pero maravilloso. Es golf, señoras y señores. El ganador y el perdedor se abrazan como si los dos hubieran vencido. Y así es, y así será porque el golf es un deporte de caballeros y de señoras.

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