Opinión

Crónicas Aquileanas (II): El día después del quirófano

La segunda crónica aquileana va a ser despachada antes de lo previsto y puede que, junto con las subsiguientes, se convierta en parte de un coleccionable por fascículos que podría llevar el título de Breve Manual de Autoayuda del Lisiado. Explico por qué.
El -martes 13 de octubre-, antes de ingresar en el hospital para mi operación del tendón de Aquiles (ver Crónicas Aquileanas I en esta misma página), me he duchado. Si, me he dado algo tan sencillo como una ducha
Desde el día de la lesión el aseo había sido una cosa a la pata coja, complicada y superficial, pero hoy he asaltado la torre del homenaje y he tomado una simple, natural y honrada ducha.
Parece una estupidez pero me he sentido como Luis XIV, sentado en una silla -bien es cierto que de cocina- dispuesta dentro de la bañera, la escayola protegida por una bolsa de basura reglamentaria, la pierna fuera y apoyada en una banqueta y el agua tibia cayendo sobre mi cuerpo como el maná, en una indescriptible sensación que he prolongado durante más de quince minutos.
Es notable como las situaciones complejas te hacen saborear los hechos cotidianos con intensidad y fruición.
Bien, me voy al hospital como es debido: bien limpio y mejor peinado. Me llevo un libro de Stephen Hawking sobre agujeros negros y cosas así. (Confieso que lo llevo para despistar porque pienso leer una novela de Simenon y de la mano del inspector Maigret evadirme por París, que en esta época del año está maravilloso).
(….)
Hay que fastidiarse, cinco días para una ducha y en veinte horas, dos.
Ocho de la mañana del martes 13, paciente somnoliento, enfermero jovial al par que resolutivo penetrando como un torbellino en la habitación:
– José Luis, ¡a la ducha!.
– Si me he duchado hace unas horas….
– Nada, nada, a la ducha, que nos vamos al quirófano dentro de una hora.
Así es la vida: unas veces tan poco y otras tanto.
He disfrutado de la nouvelle cuisine hospitalaire en horario totalmente européen durante unos días. Ya estoy cosido, escayolado y de nuevo en casa. Los gatos me encuentran un nuevo olor que no saben catalogar (creo que a la pequeña le recuerda su paso por la clínica veterinaria, cuando las vacunas). La pata, o sea, el pie ahora duele más. No se que va a ser de mi. Lo mismo debe pensar Lola, de ella misma, claro.
 José Luis Valenciano Llovera (cojo presidente del Club de Golf del Colegio de Arquitectos de Madrid)
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