Opinión

Los Enemigos del Golf (II): Las trampas

Los Enemigos del Golf (II): Las trampas
Por José Luis Valenciano
Puede parecer duro que en el encabezamiento aparezca la palabra “trampa” asociada a la palabra “golf”, pero la verdad es que tanto da infringir las reglas por desconocimiento como por deseo de engañar, aunque a fin de cuentas en este último caso el primer engañado sea uno mismo.
En mis muchos años de golf aficionado he podido comprobar con verdadero asombro el general desconocimiento y, peor todavía, el desinterés acerca de las reglas de golf, independientemente del handicap del jugador infractor y no ya en situaciones complicadas de aquellas en que se necesitaría el libro de decisiones, sino en el simple alivio de una obstrucción inamovible o de un obstáculo de agua lateral.
Pues, afirmo, en esas condiciones jugamos constantemente premios en nuestros clubes, lo que hace muy difícil tener la suficiente fe para mantener la ilusión en la victoria, ya que en el mejor de los casos solo puedes comprobar cómo se están comportando tus compañeros de partido mientras tratas de no pensar en qué demonios estarán haciendo el resto de los competidores.
Parto de la base de que el golf es prácticamente el único deporte en el que de modo habitual se juega sin árbitro, y ello es así porque se supone que los jugadores, árbitros de ellos mismos,  están o deberían estar al tanto de lo que está permitido y de aquello que no se debe hacer para que exista la seguridad de que todos están jugando a lo mismo y sin cartas marcadas.
Pero, ¡ay!, esto no es así y puedes observar a lo largo de una vuelta numerosas situaciones en las que alguno de tus compañeros competidores bien colocan la bola en “rough” o bien pisan la hierba detrás de la bola, o hacen swings de prácticas debajo de una encina rompiendo ramas por doquier hasta hacerse un hueco para que pase el palo, o quitan una rama pegada a su bola alojada en un “obstáculo”, o se alivian de un camino de hormigón en el punto que mas les conviene (aliviándose de paso de un árbol molesto) y no en el mas cercano, o reponen la bola en green 10 mm mas cerca del hoyo de la posición de la “marca”, o reponen la bola movida por el viento, … tropelías todas merecedoras de penalidad que no llegan a la tarjeta y que sin duda ayudan a obtener un mejor resultado que aquel que realmente les hubiera correspondido jugando limpio.
¿Qué mérito tiene llevarse una copa a casa habiendo cometido alguna o varias de estas infracciones? Aquellos que actúan así por desconocimiento estarán felices en su “limbo” golfístico, pero ¿qué me dicen de los que a sabiendas han “delinquido”?, ¿con qué ojos mirarán su trofeo una vez colocado en su casa? o mejor, ¿con qué ojos les mirará el trofeo?
Quizás por eso soy tan amante del match-play; en esa modalidad no tengo por qué pensar en lo que estarán haciendo el resto de competidores, solo me preocupa lo que haga mi contrario, lo que me permite concentrarme totalmente en el juego.
Jugar al golf sin reglas viene a ser lo mismo que jugar al póker con garbanzos y puestos a buscar analogías podemos afirmar que uno de los deportes complementarios del golf, me refiero al “mus”, es el único en que mentir, siempre que sea con la boca y no en las señas, no está penalizado, pero solo en el “hoyo 19”.
Al poco tiempo de empezar a jugar al golf, en La Herrería, en San Lorenzo de El Escorial, cerca de Madrid, comprendí que las reglas no solamente encerraban el “reglamento del juego”, sino que proporcionaban una herramienta eficacísima para resolver situaciones de otro modo irresolubles.
¿Cómo continuar el juego habiendo perdido una bola o habiéndola sumergido en un lago?, ¿qué hacer si un cuervo de “El Cueto” se lleva tu bola en el pico?, y tantas otras en las que el juego no podría haber continuado por incomparecencia del elemento esférico a llevar “de tee a green con uno o varios golpes sucesivos”….
Recomiendo vivamente a todos, a los que empiezan y a los veteranos, la lectura detenida de las reglas, contempladas como el amigo al que recurrir cuando las cosas se complican y el salvoconducto para estar seguro de haber sido honesto durante el juego.
Ah!, una última cosa antes de dar carpetazo a estas líneas. Erradiquemos de nuestros campos a esos jugadores que, creyéndose conocedores de las reglas, se inventan matices y circunstancias que introducen una mayor dureza en la resolución de una situación determinada, pero sólo cuando se trata de la bola de otro jugador.
José Luis Valenciano Llovera
Presidente del Club de Golf de Arquitectos de Madrid  
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