Opinión

La insoportable levedad de la desnudez

Tengo que hacer una confesión. Llevo camiseta. Desde pequeñito. Una camiseta de esas de tirantes, que se ajustan al cuerpo y que tan bien le quedaba a Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”, o a Vitorio Gasmann en “La escapada”, o más recientemente a Bruce Willis en las muchas junglas de cristal por las que deambula. Hago esta declaración de principios para que el lector sepa a qué atenerse. Si yo tuviera que quedarme en paños menores para dar un golpe de golf y no mancharme el traje-ya hay que ser tiquismiquis-, como Henrik Stenson en el hoyo 3 de la primera jornada del WGC GA Championship que se ha disputado recientemente en Doral, en Miami, ya saben los lectores que, además de los calzoncillos, por un mínimo decoro, yo me quedaría con la camiseta.

Por supuesto, me quitaría también los calcetines, pero no el guante de la mano izquierda, ni la gorra con la publicidad de uno de los sponsors. Pues bien, el sueco se quedó solo con los calzoncillos de marca Bjon Borg, los guantes y los zapatos. Buenos deben andar los responsables de la marca Srixon, que es la que figura en la gorra de Stenson. Para una vez que una fotografía suya aparece en todos los medios del mundo, lo único que se ve es la marca Bjorg en los calzoncillos, que no creo que le pague nada por llevarla, y Srixon se queda a dos velas.

El caso es que, en todos los medios de comunicación, deportivos o no, la foto de Stenson en suspensorios ha merecido honores de portada o de grandes alardes en páginas interiores. Además, ha suscitado cientos de comentarios de los aficionados en todos los chats de golf y en los medios de la red a los que tienen acceso los lectores.

Sin embargo, la otra anécdota del torneo, que sucedió también en la primera jornada y precisamente en el mismo hoyo 3 donde se desnudó Stenson ante la presencia de Fanny Suneson, la mujer que le hace de caddy y que estuvo muchos años con Nick Faldo, con el que llegó a ganar un Masters, y que no pareció escandalizarse ni mucho ni nada por el streptease de su jefe, no ha tenido la misma repercusión. Es más, ni la una ni la otra fue muy divulgada en la transmisión en directo del torneo. La del desnudo porque fue objeto, al parecer, de una especie de censura durante dos días y la otra, porque no es demasiado frecuente ver gente honrada por el mundo.

Pero esta es la noticia que debería haberse aireado a los cuatro vientos. Me refiero a la actitud del australiano Aaron Baddeley, que cometió un error el jueves, en el citado hoyo 3, y se lo comunicó al árbitro al día siguiente, por lo que fue, lógicamente descalificado. Todo ocurrió de la siguiente manera: Baddeley se fue de salida, en el citadísimo hoyo 3,  a una zona arenosa a la derecha del rough. La bola reposaba delante de una piedra que le impedía colocarse en la posición adecuada. Pidió la asistencia de un árbitro y éste le dijo que tendría que dropar con penalidad. Eso hizo y siguió el juego. Eso ocurría el segundo día del torneo. El australiano recordó que el día anterior había pasado por una situación similar y entonces sí que había quitado la piedra y no se penalizó. Buscó al árbitro le contó lo sucedido y se marchó para su casa, autodescalificado -ya que la tarjeta del día anterior ya había sido entregada; si la penalización hubiera sido en esa misma jornada, solo hubiera tenido dos golpes de penalidad-, en último lugar, pero con los 35.000 dólares que le correspondían por su puesto número 80. El australiano comentó que lo había hecho porque "tienes que ser honesto contigo mismo y poder irte a dormir por la noche, levantarse a la mañana siguiente y mirarte al espejo".

Al final, el resultado para los dos ha sido el mismo ya que Stenson quedó el penúltimo, solo "superado" -es un decir- por Pablo Larrazábal y el propio Baddeley, autodescalificado.

Pero, al margen de la clasificación, la decisión de Aaron Baddeley, no solo ha sido ignorada por la mayoría de los medios de comunicación, sino que en los medios de la red en los que se ha recogido, no ha merecido sino unos mínimos comentarios, convertidos en grandes alabanzas, eso sí, de los lectores.

Y ahora paso a responder a la pregunta de los más avisados: ¿Qué tiene que ver todo esto con el hecho de que usted (yo, el autor) lleve camiseta.

Está muy claro, en cuanto lo explique. A mí de pequeño no me gustaba ponerme la camiseta, pero tampoco quitármela. Y cuando se ensuciaba mi madre me decía: “quítate la camiseta que está sucia”, yo le contestaba: “pero si no la va a ver nadie”. “Yo la veo, replicaba ella”.

Y eso mismo sucede con la honradez de Baddeley. No importaba que nadie hubiera visto que él había retirado la piedra. En este caso, no era su madre la que lo estaba viendo. Él lo sabía. No hacía falta nadie más.

 (En la foto de Fernando Herranz, Basilio Rogado, vestido, juega al billar con  una bola de golf).

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